Hoy es uno de esos días que quieres ver la cara buena del mundo, de los que enciendes la tele y pones el programa divertido, el de los niños que dicen disparates. Uno de ésos en los que te gusta pensar que nada es en balde, que es necesario y justo luchar por tus principios, por los de los demás. Y quieres leer todos los derechos humanos, para asegurarte que ni uno sólo se deja de cumplir. Uno de ésos en los que te encanta creer que los sueños se cumplen, que las utopías son mentira, que todo lo bueno nace. Y con tantas ganas y tantas fuerzas, y tanta moral alzada, comienzas el camino.
Pero antes paras y piensas. Si hay una cara buena es porque existe otra mala, y detrás de ésta, una peor. Y no puedo evitar preguntarme si todas esas cosas buenas lo son realmente, o se tratan del producto de comparaciones entre lo malo y lo no tan malo. La base de la conformidad, del existir por no llevar la contraria. Al valorar los problemas de cada cual y mirar los del resto es muy fácil entender que lo bueno es bueno por comparación.
Aún así, hoy es uno de esos días. Hoy los recuerdos se vuelven sonrisas y la melancolía felicidad. Cada canción lleva consigo algo por lo que vale sufrir todas las penas posibles. Es el momento de salir al balcón para chillar alto y claro que nada importa, que dejen de inculcarnos deseos por estupideces, que olviden por una vez la doble moral que rodea nuestras vidas y se atrevan a darlo todo por las personas que aman. Que ignoren al pequeño ser que nos incita al odio, ¡estamos cansados de él!
Hoy sabes que quizás vas a lidiar en ruedos complicados, y que es posible que tus esfuerzos se queden sólo en eso. Pero también sabes que hoy es el día en el que todo lo puedes. Hoy nada se interpone entre tú y tus demencias, porque hoy te has levantado con los ojos más abiertos y a la vez más cerrados que nunca. Porque hoy, por fin, eres feliz.
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