30 de octubre de 2009

YELLOW



Sentada, esperándote. 
Escuchando tus pasos lejanos y armónicos. 
Sosteniendo el reloj en las manos, contando cada segundo que tardas en llegar.
Imaginando gestos y palabras, balanceándome en tus ojos, en tus caricias.


Te encontré y caminé, esperando que algún día siguieras mi senda, que olvidaras el resto y vinieras por mí, y me cansé. 
No he mirado hacia atrás, tengo miedo de tu ausencia. 
No sé si has perdido mi rastro, pero cuánto tardas en venir... 

Por el camino dejé restos de mí para que pudieras encontrarme, fui vaciando mi bolso hasta que lo tiré a él también. 
Me quité la coleta y lancé el lazo; mis pendientes, mis zapatos. 
Anduve descalza, por ti. 
Y creí que de nuevo te perdiste, me perdiste; y otra vez. 

Desabroché mi pantalón y mi camisa, y los dejé en el arcén. 
Me quedé con el reloj para observar, sufrir y agonizar con cada minuto, 
y seguí el camino desnuda y sola. 
Y de nuevo no llegabas, y dejé mi alma para que la recogieras y la cuidaras mejor que nadie. 

Y ahora ya mi cuerpo no da más de sí. 
Estoy sentada, esperándote. Excusando tu tardanza. 
Odiando al reloj y al tiempo por seguir avanzando sin que tú hayas llegado.
Ven, encuéntrame ya, te necesito.

27 de octubre de 2009

EL TIEMPO NO CURA

Por esos paseos interminables, donde yo te cuidaba a ti, y tú a mí, para que no nos llevaran los coches. Por esa protección desinteresada que siempre que pudiste me brindaste. Y por los sorbitos de café y las conversaciones cuando jugaba a ser mayor. Por todas las noches que pasé contigo, y las risas que convertías en inevitables. Por quererme siempre más, por darte cuenta de mí. Por buena hija, buena madre y buena abuela. Por tu capacidad para ser justa y coherente, aún cuando no tenías capacidad para ello.

A la luz del patio, donde nada estaba diseñado para la lluvia, cogías calorcito bajo esa tela metálica que hacía a la vez de asadero y de techo, no sé cómo sobrevivían las flores. Una cocina azul muy pequeña, que parecía de mentira, me servía para “jugar a las casitas”, mientras tú andabas de un lado para otro. Ya no queda nada de eso, ni una mísera foto. Aún, después de tanto tiempo, te recuerdo cada día, porque me niego a que se borre tu memoria. Porque me angustio al escuchar la respiración agotada, de esos gatos que te maullaban dentro.

Seguí la línea roja, la de la vida, según estaba escrito, y te encontré, pero tú no ibas por ese camino. Estabas tan triste y apagada… tu mirada vacía me decía todo por ti, apenas eras capaz de pronunciar palabra. Quise cuidarte y verte cada día, no sabes cuánto siento no haberlo hecho. Son los recuerdos más duros. Tú en esa cama, sin posibilidad de decir cómo estabas, si sabías o no qué iba a pasar contigo, despertándote enferma y dolorida y sin conocimiento de qué hacías ahí. Me pregunto mil veces qué habría en tu cabeza, si en algún momento fuiste consciente de lo que pasaba, de que te morías.

No puedo seguir. Cada letra me duele. Pasa el tiempo y siempre espero que haya sido suficiente para hablar de ti sólo desde el cariño, desde el recuerdo dulce y alegre, pero siempre me doy cuenta de que nunca es el momento, de que la herida no cicatriza, y el tiempo no la hace sanar.