Me fui al monte a pedir.
Perdón por todos mis pecados
colmados de imprudencia
y excesos de corazón.
Caminando lancé una piedra.
Contra un bicho que pasaba por allí.
Que me miraba con sus ojos
descosidos,
con sus ojos penetrantes
que sabían a miel rancia.
Y fallé. No acierto nunca en las dianas.
No me centro en el orden y objetivo.
Titubeo si me caigo, si levanto.
Y corrí.
Todo lo rápido que podía
pensar.
El bicho daba miedo,
No maldito, no bastardo, sin camino.
Hasta despertar.
Y seguían mis pecados colmados de imprudencia,