Una bola de conocimientos que rebota una y otra vez contra las páredes del cráneo es lo que siento cuando estudiando mi cerebro se colapsa. A partir de entonces, el estrés se apodera de tu mente y ésta no permite que tu cuerpo funcione con normalidad. Soy incapaz de dormir a pesar del gran cansancio, y el simple hecho de mantener una conversación mínimamente fluida resulta imposible. En ésos momentos es cuando me doy cuenta de lo bien que me sienta la MTV.
Lo que durante un tiempo fue un canal dedicado a la cultura musical, ahora se ha pasado a los realities y programas estúpidos, de esos en los que no tienes que estar atento, no ocurre nada interesante y de los cuales no vas a obtener ningún beneficio aparente. Pero en esos momentos en los que tu cerebro no da más de sí, nada mejor que un montón de sandeces a las que no tienes que prestar atención, algo que distraiga a tu cerebro sin hacerle pensar.
La "telerealidad" que todo el mundo califica de mierda, cosa que no discuto, a los cotillas observadores del comportamiento ajeno nos ofrece una ventanita de la tentación, en la que caigo una y otra vez. No tengo ningún interés por conocer lo que le pasa a las personas en el sentido del cotilleo común (nunca sé quién se lió con quién, quién se peleó o cual, ni siquiera conozco el nombre de la mayoría de las personas con las que he hablado en mi vida), pero me encanta analizar cómo se comportan. Sin saber quienes son o lo que dicen, sólo ver la forma en la que caminan, gesticulan, se mueven. Adivinar sus estados de ánimo y sus conversaciones sólo con el comportamiento. Ojalá estuviera en mi poder una maquinita con la que paralizarlo todo para salir a la calle y poder acercarme a la gente y analizar todos y cada unos de los detalles y expresiones.
Uno de los edificios frente al que yo vivía en Santander estaba lleno de historias que me encantaba seguir y de paso inventar. En el último piso de ése edificio podía ver a un hombre que pasaba bastante de los treinta y que iba todo el día desvestido de cintura para arriba (lo demás no lo podía ver, aunque yo siempre suponía que iba desvestido, sin más). Al tipo le encantaba comer latas de conservas desnudo y de pie, enfrente de la encimera de la cocina. Siempre que estaba frente a la ventana echaba un vistazo a ver si lo veía pululando por ahí, era gracioso observarlo. Pues con este tipo de programas me ocurre lo mismo. Quizás sean estúpidos, pero entretienen.
¡Qué sería de nosotros si todo el rato tuvieramos que estar viendo y haciendo cosas intelectualmente interesantes! Siento a las estupideces lo suficientemente importantes como para dedicarles un cierto tiempo en nuestras vidas. Distraen, evaden y consiguen que tu cerebro te de un poco de tregua cuando se encuentra empeñado en no dejarte en paz.