Simplemente quería un cartel distinto. Un cambio, un cero para volver a empezar.
Una obra diferente, abrir una ventana que me habían obligado a cerrar. Quería reconstruir los cimientos de mi vida. Y así surgió este espacio.
Había creado una historia que lo explicaba todo. Una historia en la que tú eras un egocéntrico de manual (voy a permitirme hablarte directamente, porque no pude hacerlo cuando debía) en la que nadie, claro, sabía que eras tú. Y yo un trofeo que creíste ganar. Un trofeo que al principio cuidabas y que utilizabas como éxito ante los demás, pero que luego fuiste olvidando en el estante del salón. Lo bueno de la historia es que al principio el lector no sabía que el trofeo era "yo", o "ella", en realidad da igual, podría haber sido cualquier mujer de este mundo.
Pero he tachado y emborronado toda la historia porque la verdad es que en estos casos es más efectivo hablar, sin tapujos:
Aparentemente eras alguien normal. Con tus cosas, pero normal. La realidad es que eras alguien miserable que odiaba ver cosas buenas en ella. Que la obligabas a reprimirse, que la insultabas y le gritabas. Que la utilizabas para explotar cuando tus inseguridades sembradas por el poco afecto de tu padre podían contigo.
Eso tiene un nombre.
Por suerte ella, o yo, o cualquier mujer de este mundo, se dio cuenta. No fue a tiempo, porque lo podía haber visto el primer día, y evitarse tus dramas de macho resentido con la vida. Pero tampoco fue tarde, porque pudo reponerse de tu mierda, y ser feliz.