24 de noviembre de 2013

DE MAYOR QUIERO SER RAPERA O ESCRITORA DE POEMAS

   De mayor quiero ser rapera o escritora de poemas, poeta. 

Pero el flow no llega. Dicen los dichos que "nunca es tarde" pero mi prosa es mejor que mi verso y aquí está el arte del versículo díscolo y descompuesto, que no rima y desentona, el que es imposible recordar, el que nunca será canción del verano o del invierno. 

Leí a Neruda y a Benedetti, y el último me descubrió lo que decía Schopenhauer: "el amor es la compensación de la muerte, su correlativo esencial". Aceptemos a la muerte, a la vida y al amor, y fluyamos en armonía entre el triángulo de nuestra composición, entre las aristas que separan el área de lo esencial, de lo trascendental; aunque flotemos en el espacio de la pirámide que forma el vértice del miedo. El miedo a la muerte, el miedo a la vida y el miedo al amor.

De mayor quiero ser rapera o escritora de poemas, poeta.

El arte del desastre, del desorden o del caos en orden. El arte de entenderte o comprenderte, o quizás aborrecerte. El arte o el descarte. Todo depende del ojo que observa; todo depende del cuerpo que mira; de si algún loco entiende la locura que imaginas. 

Ya no hay tiempo para el dolor. No queda tiempo para el recuerdo. Dicen que las cosas cambian y que nada es eterno, pero sí etéreo como la belleza que se esfuma. Como la inocencia que se pierde o la juventud que se merma. Vamos a hacer verso de prosa, vamos a contonear nuestras formas ante el ojo que asoma o esconde, que limpia o que ensucia, al que envuelve este aroma a frescura temprana, este aroma a siete de la mañana.

                                   

18 de noviembre de 2013

PINTAUÑAS DE TODO A CIEN

   Estoy harta de las etiquetas. Literalmente. Son imposibles de arrancar. En serio, las únicas que terminan saliendo son las de los vasos de Nocilla y después de unos cuantos días de remojo y a base de frotar. 

Mientras no sabía sobre qué escribir comencé a intentar despegar las pegatinas de una laca de uñas, que para mi sorpresa no resultó muy costoso; pero el resultado fue extrañamente inquietante: El envase pasó de ser alguien, a ser nadie. Tan sólo de quitarle la etiqueta se convirtió en una pintura que igual podría haber comprado en los chinos como en una gran superficie, o quizás en una perfumería. Pero más bien se volvió rancio, desconocido, inapetente. Da igual lo que hubiese pagado por él, sin su etiqueta no valía absolutamente nada. De haberlo conocido sin ella yo habría apostado por unos de esos bazares, que ahora se llaman "XINXUAN" en sustitución al clásico "Casi TODO a 150".

De ahí la siguiente pregunta: ¿Somos algo sin nuestras etiquetas? 

Cuando vas a una entrevista de trabajo, o te presentas a un concurso, o conoces a alguien; el guión exige que que hables sobre ti o sobre tus pegatinas. Y mientras tú cuentas lo que crees que eres, mientras dices cosas que a nadie le interesan, la gente va creando su propia historia mental sobre ti, hasta que ya tienen listo su rectángulo mental con tu definición: "Gilipollas" -por decir algo-. Y entonces da igual las etiquetas que tú quieras ponerte, el otro ya te ha asignado la suya propia.

Por eso, porque queremos creer que le gustamos a la gente, insistimos en la idea que tenemos de nosotros mismos y no descartamos eliminar todos esos buenos adjetivos que hemos dejado en nuestro muestrario para tratar que el mundo no nos quite la razón. Actuamos como buenos comerciales y vendemos nuestro producto estrella continuamente; hasta que nos convencemos de que es así como somos: tal y como hemos escrito en nuestra etiqueta. Ahora ya sólo falta plastificarla y pegárnosla en la frente; porque tenemos un miedo terrible a quedarnos como mi pintauñas: despojados de nuestra identidad y vendidos en el todo a cien.