De mayor quiero ser rapera o escritora de poemas, poeta.
Pero el flow no llega. Dicen los dichos que "nunca es tarde" pero mi prosa es mejor que mi verso y aquí está el arte del versículo díscolo y descompuesto, que no rima y desentona, el que es imposible recordar, el que nunca será canción del verano o del invierno.
Leí a Neruda y a Benedetti, y el último me descubrió lo que decía Schopenhauer: "el amor es la compensación de la muerte, su correlativo esencial". Aceptemos a la muerte, a la vida y al amor, y fluyamos en armonía entre el triángulo de nuestra composición, entre las aristas que separan el área de lo esencial, de lo trascendental; aunque flotemos en el espacio de la pirámide que forma el vértice del miedo. El miedo a la muerte, el miedo a la vida y el miedo al amor.
De mayor quiero ser rapera o escritora de poemas, poeta.
El arte del desastre, del desorden o del caos en orden. El arte de entenderte o comprenderte, o quizás aborrecerte. El arte o el descarte. Todo depende del ojo que observa; todo depende del cuerpo que mira; de si algún loco entiende la locura que imaginas.
Ya no hay tiempo para el dolor. No queda tiempo para el recuerdo. Dicen que las cosas cambian y que nada es eterno, pero sí etéreo como la belleza que se esfuma. Como la inocencia que se pierde o la juventud que se merma. Vamos a hacer verso de prosa, vamos a contonear nuestras formas ante el ojo que asoma o esconde, que limpia o que ensucia, al que envuelve este aroma a frescura temprana, este aroma a siete de la mañana.

