Supongo que existo, a pesar de la incertidumbre. A pesar del no hacer, del desconcierto, de la utopía y su antónimo. Existo, como cuerpo que envejece, mientras espero un milagro.
La Ciudad continúa (y nunca duerme), ni el país ni la gente se han hundido por el movimiento que puedo percibir desde mi ventana. Los andares tangibles siguen vagando por ahí, de un lado para otro; algunas veces con destino.
Así que entre tanto flujo intermitente deduzco que en realidad nada de esto era para tanto. La gente sigue viviendo de una u otra manera. Las plantas y los árboles nos observan atónitos y expectantes, esperando que el viento les regale un balanceo.
Somos el espécimen con suerte del planeta. Al menos, y en teoría, los que vivimos en este lado del mundo. Ese mundo que se ha ido despiezando como el puzzle que descompones sin haberte dado tiempo a terminar; porque te cansa seguir buscando la pieza correcta; así que lo devuelves a su caja y lo olvidas por un tiempo.
Un día, como por arte de magia, atraída por una fuerza ajena a ti y ante la que te doblegas sin esfuerzo, lo recuperas de su caja y de pronto las piezas empiezan a encajar poco a poco, fácil, espontáneamente. De pronto el antiguo y olvidado puzzle resurge y de nuevo toma forma.
La realidad es que a las piezas, a veces, les cuesta encajar. Tienen que esforzarse para lograrlo, a veces, no quieren. A veces sí. Pero si alguien las guía en el camino, pueden entender que encajar sólo es un juego, la ilusión de una verdad.
Así que existo, a pesar de mi pieza. A pesar de mi puzzle. Más allá de la ilusión.