14 de enero de 2014

LA RELACIÓN DE LA MALA ESPECIE

   ¿Es la Tierra quien soporta el peso de mi cuerpo, o es mi cuerpo quien soporta el peso de la Tierra? Mis pequeños pies van dejando huella en este mundo remoto; y es que el mundo se vale de mis pies para sus antojos.

Concebimos al planeta como algo que está a nuestro servicio, que utilizamos a nuestra conveniencia y que no tiene nada que decir. Yo, en cambio, tengo la sensación de que más bien es él quien decide qué hacer con nosotros. Mientras nos deja destrozarlo un poquito, a veces se da el gustazo de devolvernos el golpe con alguna que otra catástrofe mortal. 

Realmente no tenemos nada que hacer ante la cruel realidad de la naturaleza. Absolutamente nada. Estoy convencida de que algún día esta plaga humana será reducida con algún espectacular ataque por su parte, porque hemos inventado todo lo inimaginable para vivir y vivir y vivir. Porque el miedo a perder lo que amamos, el hecho de no querer aceptar a la muerte como parte integrada y fundamental de la vida, ha conseguido que desarrollemos curas para casi todas las enfermedades, que podamos engendrar hijos aunque la naturaleza nos los haya negado, que vivamos a pesar de que nuestro sistema esté muriendo; en definitiva, hemos conseguido que el ciclo de la vida, que la ley de la supervivencia más básica, desaparezca en nuestra especie. 

Al olvidar que somos un mecanismo de la naturaleza que se vale de nosotros para desarrollarse, para traer y llevar semillas, para crecer, cambiar y transformarse; nos convertimos en estúpidos egocéntricos, que se creen por encima del bien y del mal. Y nuestro nivel de crueldad está muy por encima del animal o del instinto, porque lo hacemos a conciencia. Porque matamos y maltratamos a nuestra propia especie, a las demás especies y también al maravilloso mundo que aún es tolerante con nuestra falta de armonía. 

2 de enero de 2014

EL GRAN APRENDIZAJE DE MI VIDA

   A fin de cuentas este espacio siempre habla de mí, de mi visión, de mi experiencia. Pero hoy voy a darme un homenaje; hoy me expando hacia la inconsciencia, para asentarme un poco más en este cuerpo con el que me identifico y bajo el que me creo persona. Y lo hago por algo que me ha costado mucho conseguir y que significa para mí algo más que una definición profesional.

Nunca me vi capaz de hundirme. Era una de esas personas fuertes que podía con todo, que no se achantaba, que nunca nada se le hizo grande. Era una de esas personas con un ego poderoso, que se alimentaba con cada éxito y no se había preparado para afrontar un fracaso.

Fui como uno de esos globos de cumpleaños en los que a medida que pasan los días se van desinflando y al final parecen una pasa gigante, arrugada, de color amarillo y que jamás puedes recuperar. El miedo tomó mi cuerpo como hogar durante años y mi mente lo dejaba campar a sus anchas, cediéndole el control. Pero un día decidí recuperar las riendas; un día decidí enfrentarme a un miedo inventado por mí, y volví a recordar las palabras que mi padre me decía cuando en mitad de la noche aparecía el miedo y en ese entonces no era capaz de comprender: "ANA, EL MIEDO NO EXISTE". 

Es cierto. Es todo una invención de tu mente, es el producto de no querer enfrentarse a la realidad, la consecuencia de creerse indestructible hasta que aparece la destrucción de tus estructuras mentales. Y las expectativas le dan de comer, porque en cuanto aparece una dificultad ahí está el miedo para hacerse un hueco. El miedo a no dar la talla, el miedo a la estupidez, el miedo a no ser lo que creías. El miedo al fracaso.

Cuando acepté el miedo, cuando aún seguía estando en mí pero decidí plantarle cara, cuando ya no me quedaba ni un espacio en todo mi cuerpo que no estuviese invadido por la oscuridad que provoca y aún así conseguí enfocar mi atención en una dirección diferente; fui capaz de ser capaz. Son las dificultades las que me han hecho crecer; son los inconvenientes los que han conseguido que me dé cuenta de la fortaleza real que reside en mí, de que puedo caerme y levantar cuantas veces haga falta, que puedo renacer y reconstruirme, que la capacidad de adaptación es la máxima cualidad de una persona, y que sin ella no habríamos podido persistir en ese desconocido llamado tiempo. El éxito de apoyar el puño, la rodilla y levantar la cabeza; el gran aprendizaje de mi vida.