28 de septiembre de 2011

NO SOMOS QUÉ


Naces, y nada depende de ti. Es como si te lanzarán a un lugar para experimentar contigo. Todos intentarán convencerte de que su formación es la buena, que así, como ellos, es como debes ser. Querrán reflejar sus metas en ti, que seas ellos. Los que bautizan a sus hijos quieren que sean católicos, los que no lo hacen no quieren que tengan algo que ver con ello o que al menos puedan elegirlo al alcanzar la madurez (para entonces será tarde convertirse a católico, si no te han educado en alguna doctrina seguramente no te interesará mucho afiliarte). La estructura que construyas y el personaje que representes a lo largo de tu vida estará condicionado por factores muy diversos, que se pueden resumir brevemente: según el entorno en el que te encuentres, tus ideas, tu forma de ser o tus pensamientos, se desarrollarán de un forma u otra.

Lo que creemos ser, no lo somos realmente. Yo no soy Ana González, la que eligió comportarse de tal manera de forma innata. Ni siquiera soy ése nombre, tan sólo es un pseudónimo identificativo, y no tengo por qué sentir que tengo algo que ver con él. Hasta el carácter que creemos poseer está condicionado también por lo que cité anteriormente. Ni siquiera mis pensamientos me pertenecen, éstos vienen, aparecen. Yo no decido ahora voy a pensar en aquéllo. El hombre está empeñado en definir lo que es, ¿Eres tu mente? ¿Eres tu cuerpo? ¿Eres Ana González, testaruda, divertida e indecisa? Mi mente aparece por sí mima, los pensamientos surgen y soy incapaz de controlarlos. Incluso cuando no quiero pensar en algo no puedo evitar hacerlo, y cuanto más intento no pensar, más lo hago. La solución es aceptarlo, está ahí, no le hagas caso, no eres tú. Mi cuerpo es es eso: cuerpo. Es el sistema que interactúa, que materializa, que construye técnicas para dejar espacio a la mente, y que, igual que cualquier electrodoméstico, se estropea con el tiempo. Ana González, testaruda, divertida e indecisa, se ha ido formando con los años, con las experiencias, con la educación, con las percepciones. La sociedad que me rodea es lo único con lo que soy capaz de identificarme, no tengo nada innato en mi forma de ser o en mis pensamientos (la capacidad para dibujar o para escribir no forma parte de ninguna de las dos cosas. Las cualidades lo son por sí mismas).

Sólo el bebé que nace es él mismo, no ha tenido tiempo de adoptar conductas como consecuencia de las pautas que le han impuesto, no ha aprendido por repetición ni por imitación, no posee capacidad para juzgar, sus pensamientos no existen como tal, sólo en él está lo auténtico, y lo irá difuminando progresivamente mientras crezca y aprenda lo que los demás quieran enseñarle.

Lo que creemos ser, lo que mostramos, con lo que nos identificamos, no es más que el resultado casual de tu entorno, dónde naciste, creciste y quién acompañó tu vida. Quizás la pregunta ¿qué somos? deba reducirse simplemente a ¿qué no somos?, porque en ella sí que puedes encontrar muchas respuestas, y con cada una acercarte cada vez más a la cuestión primera.

27 de septiembre de 2011

GLADIADOR CONTRA GLADIADOR, TORO AGOTADO CONTRA HOMBRE


Absurdeces. Es lo que hacemos bajo el nombre de “tradiciones”, todo está justificado mientras se lleve practicando mucho tiempo.

Estamos anclados, tenemos miedo al cambio. Necesitamos las tradiciones para reafirmar y recordar quienes somos, y no nos damos cuenta de que precisamente ellas nos alejan de lo que somos en realidad. Existe un vínculo tan fuerte entre tradición y persona, que la creencia de que forman parte de nosotros nos impide deshacernos de ellas de una forma sencilla, ¿acaso perdemos una parte de nuestro ser con su desaparición? ¿Tiene más peso la tradición que la coherencia? Todo se transforma, el cambio es la evolución, es la naturaleza de todo cuerpo y, por supuesto, de todo sistema social, pensamiento y costumbres. No tiene sentido mantener elementos de una época en un entorno totalmente distinto. Que un acto sea una costumbre no quiere decir que sea bueno, ético, moral o enriquecedor; si lo fuera no supondría un problema mantenerla, sino todo lo contrario.

“Los toros que van a las plazas son los que mejor viven, los que mejor se alimentan, gozan de grandes espacios”, lo que, en consecuencia, y como trato oficial firmado por toro y hombre, justifica que lo lleves a una plaza, lo sometas a un estrés innecesario, lo pinches, se desangre poco a poco y, finalmente, intentes matarlo; con un poco de suerte lo conseguirás a la primera. El toro muere y la gente aplaude. A todos los animales domésticos que dejamos que coman de nuestras manos y duerman junto al sofá, como les brindamos una vida provista de placeres, los llevaremos a una plaza y los someteremos al mismo proceso que al “respetado” toro. Según el trato, es lo justo, ¿no?

El autoengaño toma parte de una forma crucial en esta actividad tan sumamente educativa: “el toro no sufre”, “la sangre que le sale no es nada comparada con la cantidad de sangre que tiene el toro”, “la gente no va a la plaza para ver cómo matan al toro”, “al toro se le tiene un gran respeto”. ¿Razonamientos basados en qué? Sobran comentarios.

Si la gente no asiste a las corridas específicamente para ver cómo matan al toro, que simplemente lo toreen. Que el torero se ponga arrodillado frente a él (esa mítica imagen) sin que esté desangrado, ni drogado, ni desfallecido (vamos, lo que es un toro en plenas facultades) y que toree, simplemente. Y luego el toro a pastar y el torero a cobrar. Es más simple, menos doloroso y por supuesto, menos morboso. No hay sangre, no hay sufrimiento, no hay muerte. En la época de los romanos, sin esos tres elementos, las luchas entre gladiadores tampoco habrían tenido éxito.