Enciendo mi ordenador. El trabajo agota mis sentidos y merma mi cuerpo, acumulando estrés en cada rincón. Durante la primera mitad de la mañana estudio presupuestos, valoro ofertas y atiendo a mi teléfono móvil. En cada llamada se repiten los mismos rolles. Yo acentúo el de mujer trabajadora.
Llega la hora del café. Mi estomago ruge y mi cerebro pide tregua. Un compañero me da el aviso y charlamos sobre más trabajo de camino al bar.
-Un desayuno completo.- Pide él.
-Tostadas con tomate y menta poleo, por favor.- Mi sistema digestivo no admite caprichos desde hace días.
Mientras esperamos ansiosos la comida, conversamos de una manera no demasiado natural ni distendida sobre el funcionamiento de las empresas, la situación laboral y el estrés. En la televisión, que no tiene sonido, continúan las noticias sobre el atentado en Bélgica.
-Joder, esto es increíble...- Afirmo a la vez que gesticulo con la cabeza hacia la pantalla.
Mi compañero gira su tronco ligeramente para entender el motivo de mi comentario y responde: "Es una pena".
Nos traen el desayuno. La camarera me comenta que se han equivocado y además del tomate me han añadido salmón.
-¿Salmón? No como salmón. - Respondo confundida, con tono de incomprensión e indignación.
Mi compañero y yo nos miramos:
-¿Pides tomate y te traen salmón?
-¿Y me pregunta que si no me importa?
Criticamos la actuación de la camera y la cocinera con sorna. De vez en cuando mis ojos ponen atención en la pantalla. Veo humo y gente llorando. Mientras, seguimos hablando de cómo elaborar proyectos y yo vuelvo a quejarme porque aún no han llegado mis tostadas a la mesa.