Te quiero, sí, te quiero. Lo digo alto y claro, para que lo recuerdes, para que yo lo asuma. No hay nada que añadir, es así, simplemente; y pensarlo ya no me atormenta. Aunque haya crecido en mí el egoísmo, porque odio compartirte.
Sólo me apeteces tú, el resto se ha convertido en un entorno desconocido, inapetente, insulso. Me he vuelto drogadicta, y nada más me satisface. Siento de nuevo cómo el amor me vuelve ineficaz, cómo el estado de enamoramiento brota en mí, otra vez; igual que al principio, cuando todo lo que rondaba mi cabeza tenía que ver contigo y tu sabor me impregnaba el gusto. Todo esto sin miedo, sin dudas; pero con menos comprensión. Porque conforme avanza el tiempo, olvido la capacidad de entender las situaciones, y sólo me centro en los sentimientos que éstas me provocan. ¿Pero cómo voy a compartirte? Los días no me bastan, las horas no me llegan, y cuando hay tiempo para disfrutarte, ¿cómo me convenzo para no hacerlo? Dime, qué debo pensar, para aceptar que los demás también quieren su parte, y realmente no me están robando nada.
No eres mío, es cierto, pero yo soy toda tuya, y una propiedad sin dueño no vale nada. Quizás no se trate de lo que me arrebatan con tu ausencia, sino de lo que dejo de ser con ella. Por eso hay algo más que egoísmo, es un paso más lejano, es necesidad de vida. Y no sé si te quiero por ti mismo, o si lo hago por ti y por lo que soy ahora, contigo. Pero el sentimiento sigue ahí, de cualquier forma, y se alimenta con cada momento.