20 de octubre de 2011

PORQUE SÉ QUE ALGÚN DÍA ME PREGUNTARÁS: ¿POR QUÉ ERES VEGETARIANA?


Nadie te lo cuenta. Te ponen un filete recién cocinado en el plato y no te planteas cómo ha llegado hasta ahí, te lo comes y está bueno. De pequeño nadie te dice qué es el pollo, el entrecot o el lomo, no se producen conversaciones sobre de dónde proceden, cómo se alimentan, en qué espacios viven o dónde los matan (¿alguien se plantea cuando come carne que está comiendo algo muerto?), coexistes en un lugar donde tus congéneres comen eso y te han enseñado a que tú también lo hagas.

Hace ya meses empecé a sentir curiosidad por estos temas, aunque de una forma lejana. Me planteé dejar de comer carne, sólo porque sí: ¿por qué comer carne? Comer animales hizo que ese planteamiento se convirtiera en una convicción. El libro es lo suficientemente explícito (ni se pasa ni se queda corto, cuenta la realidad tal cual ocurre) en sus descripciones como para cambiarte. Plantea muchas cuestiones morales, cómo afecta al cambio climático, el sufrimiento exacerbado de los animales y muchas más que, si no lees quizás no llegues a planteártelas.

Todos suponemos que los animales no deben disfrutar durante su matanza, pero no conocemos el grado de barbaridades que se producen en los mataderos, las vejaciones y los maltratos que sufren, el confinamiento de cerdos y pollos en lugares extremadamente pequeños, la incapacidad de los pollos y pavos para reproducirse por sí mismos, las amputaciones innecesarias, el atiborre a antibióticos, la producción y explotación excesivas. Todo lo que pueda estar relacionado con este tema está fuera del tiesto. Las granjas tradicionales cada vez son más escasas y las industriales sólo ponen atención a los beneficios. Da igual la calidad de la carne, es indiferente la vida animal, si no son personas parece que no cuenta (aunque viendo lo que somos capaces de hacernos a nosotros mismos, ¿qué esperamos de nuestro comportamiento para con el resto de especies?). La gente compra carne barata y basa su alimentación en grasas animales sin tener ni idea de cómo se obtiene. Hemos convertido a los animales en un engranaje más de la máquina de producir comida. Un fragmento del libro en el que habla sobre la producción de los pollos cita textualmente:

“El periodista Scott Bronstein escribió una notable serie para el Atlanta Journal Constitution sobre la inspección avícola, que debería ser lectura obligatoria para todo aquel que se plantee comer pollo. Realizó entrevistas con casi un centenar de inspectores del USDA que llevaban a cabo su tarea en treinta y siete mataderos.<<Todas las semanas-informó-,millones de pollos rezumando pus amarillo, manchados por heces verdes, contaminados por bacterias dañinas o afectados por infecciones pulmonares o cardiacas, tumores cancerígenos o problemas de piel, pasan el control para ser vendidos a los consumidores>>"

Por increíble que parezca, es una de las cosas más suaves de entre todo el proceso desde que nacen hasta que se matan y se empaquetan los pollos para que lleguen a nuestros supermercados y luego a nuestras bocas. Delicioso. Podría escribir bastante más procesos escabrosos y asquerosos, pero voy a limitarme a hablar sobre el tema sin dar demasiados detalles, sólo quería exponer un ejemplo que muestre lo ciegos que estamos ante lo que comemos.

El tema es cuanto menos controvertido, en seguida se crean debates, discusiones… está claro que no es una cuestión ante la que los seres humanos nos mostremos indiferentes. Pero no termino de entender esa desconfianza hacia los vegetarianos por parte de los omnívoros. En cuanto expresas tu condición vegetariana, todo el mundo frunce el ceño y arruga la cara, como si fueras un bicho raro al que acaban de descubrir. Aunque no me identifico con esa etiqueta (es que no entiendo por qué tenemos que ponerle nombre absolutamente a todo, simplemente no como animales, llámalo equis) supongo que es la forma más rápida para decir por qué no vas a comer esto o lo otro, si bien dicha afirmación genera unas reacciones un poco extrañas que me cuesta analizar. La gente se atiborra a comer mierdas (bollería, grasa, chucherías) y no es dramático ni asombroso, pero si la gente se atiborra a comer verdura, tofu y fruta resulta espeluznante. En cuanto te expones comienza el juicio: necesitas las proteínas animales, los animales se crían para comérselos, no vas a aguantar así mucho tiempo, comer animales es algo intrínseco del ser humano, que tú dejes de comer carne no va a cambiar nada, blablabla. Como si no pudieras elegir. Pocos se plantean que pueden cambiar, que no tenemos por qué regirnos por lo establecido y que por suerte podemos tomar decisiones. Y los otros, orgullosos de ser omnívoros comedores de carne, no saben que la decisión que han tomado repercute de una forma directa en todos los aspectos de nuestras vidas.

No saben que contribuyen más con la contaminación comiendo carne que viajando en cualquier medio de transporte existente. Y no me refiero a que los pedos de las vacas contaminen o que los excrementos de los cerdos produzca una gran cantidad de metano, que es lo que entienden algunos cuando cito esa información. Hablo de contaminar ríos, de que la gente que vive alrededor de granjas industriales porcinas padecen gran cantidad de enfermedades debido a la emisión de gases, al hedor pestilente, a la falta de compromiso medioambiental por parte de los dueños de las granjas, donde la mierda de los cerdos rezuma y hasta ellos caen enfermos debido a ese respecto, entre muchos otros que no voy a mencionar. No saben que los cadáveres que se comen antes de morir fueron apaleados, drogados, modificados genéticamente, incapacitados para realizar las funciones más básicas para vivir en unas condiciones mínimas, en las que nunca jamás tendríamos a nuestros animales de compañía. Pero parece ser que el gusto lo justifica todo. Cerramos los ojos, y las granjas, los gobiernos, la sanidad… nos ayuda a hacerlo. Nadie nos quiere contar ni mostrar el proceso aberrante que sigue el jugoso manjar que está en nuestro plato a punto de ser degustado. Nadie nos recuerda que es un cadáver maltratado antes y después de morir. Nos gusta la carne, ¿con eso es suficiente?

Me niego a aceptar todo esto. Me niego a resignarme ante un maltrato continuo y totalmente prescindible. Casi no quedan granjas tradicionales, las industriales hacen lo posible para que éstas se vean obligadas a echar el cierre, existen una cantidad inmensa de intereses políticos y comerciales que intentan que cerremos los ojos, y ciertamente lo consiguen.

Mentiría si dijese que no trato de convencer a nadie. ¡Trato de convencer a todo el mundo! Es imposible que la sensibilidad resida sólo en unos pocos, cualquiera que lea un libro de estas características es capaz de anteponer la moral, la buena voluntad, el amor por la vida, por la naturaleza, por los animales; al gusto. Pero por más que intento sacar el tema con diferentes personas, por más que quiero que abran los ojos para dar el salto a una lucha por el justo trato a nuestros iguales, porque tenemos su misma naturaleza, provenimos de la misma tierra y vamos al mismo lugar que ellos; sólo obtengo caras de perplejidad, justificaciones y miradas hacia otro lado. Aún nadie con quien he hablado sobre esto se ha interesado por valorar un cambio en su vida. Y eso me enfurece, porque estoy cansada de no actuar y de funcionar con esa estúpida frase de que no se puede cambiar el mundo. Quizás no a todo el mundo, pero repercutes generación tras generación según cómo eduques a tus hijos, según tus compromisos y según tu historia.

28 de septiembre de 2011

NO SOMOS QUÉ


Naces, y nada depende de ti. Es como si te lanzarán a un lugar para experimentar contigo. Todos intentarán convencerte de que su formación es la buena, que así, como ellos, es como debes ser. Querrán reflejar sus metas en ti, que seas ellos. Los que bautizan a sus hijos quieren que sean católicos, los que no lo hacen no quieren que tengan algo que ver con ello o que al menos puedan elegirlo al alcanzar la madurez (para entonces será tarde convertirse a católico, si no te han educado en alguna doctrina seguramente no te interesará mucho afiliarte). La estructura que construyas y el personaje que representes a lo largo de tu vida estará condicionado por factores muy diversos, que se pueden resumir brevemente: según el entorno en el que te encuentres, tus ideas, tu forma de ser o tus pensamientos, se desarrollarán de un forma u otra.

Lo que creemos ser, no lo somos realmente. Yo no soy Ana González, la que eligió comportarse de tal manera de forma innata. Ni siquiera soy ése nombre, tan sólo es un pseudónimo identificativo, y no tengo por qué sentir que tengo algo que ver con él. Hasta el carácter que creemos poseer está condicionado también por lo que cité anteriormente. Ni siquiera mis pensamientos me pertenecen, éstos vienen, aparecen. Yo no decido ahora voy a pensar en aquéllo. El hombre está empeñado en definir lo que es, ¿Eres tu mente? ¿Eres tu cuerpo? ¿Eres Ana González, testaruda, divertida e indecisa? Mi mente aparece por sí mima, los pensamientos surgen y soy incapaz de controlarlos. Incluso cuando no quiero pensar en algo no puedo evitar hacerlo, y cuanto más intento no pensar, más lo hago. La solución es aceptarlo, está ahí, no le hagas caso, no eres tú. Mi cuerpo es es eso: cuerpo. Es el sistema que interactúa, que materializa, que construye técnicas para dejar espacio a la mente, y que, igual que cualquier electrodoméstico, se estropea con el tiempo. Ana González, testaruda, divertida e indecisa, se ha ido formando con los años, con las experiencias, con la educación, con las percepciones. La sociedad que me rodea es lo único con lo que soy capaz de identificarme, no tengo nada innato en mi forma de ser o en mis pensamientos (la capacidad para dibujar o para escribir no forma parte de ninguna de las dos cosas. Las cualidades lo son por sí mismas).

Sólo el bebé que nace es él mismo, no ha tenido tiempo de adoptar conductas como consecuencia de las pautas que le han impuesto, no ha aprendido por repetición ni por imitación, no posee capacidad para juzgar, sus pensamientos no existen como tal, sólo en él está lo auténtico, y lo irá difuminando progresivamente mientras crezca y aprenda lo que los demás quieran enseñarle.

Lo que creemos ser, lo que mostramos, con lo que nos identificamos, no es más que el resultado casual de tu entorno, dónde naciste, creciste y quién acompañó tu vida. Quizás la pregunta ¿qué somos? deba reducirse simplemente a ¿qué no somos?, porque en ella sí que puedes encontrar muchas respuestas, y con cada una acercarte cada vez más a la cuestión primera.

27 de septiembre de 2011

GLADIADOR CONTRA GLADIADOR, TORO AGOTADO CONTRA HOMBRE


Absurdeces. Es lo que hacemos bajo el nombre de “tradiciones”, todo está justificado mientras se lleve practicando mucho tiempo.

Estamos anclados, tenemos miedo al cambio. Necesitamos las tradiciones para reafirmar y recordar quienes somos, y no nos damos cuenta de que precisamente ellas nos alejan de lo que somos en realidad. Existe un vínculo tan fuerte entre tradición y persona, que la creencia de que forman parte de nosotros nos impide deshacernos de ellas de una forma sencilla, ¿acaso perdemos una parte de nuestro ser con su desaparición? ¿Tiene más peso la tradición que la coherencia? Todo se transforma, el cambio es la evolución, es la naturaleza de todo cuerpo y, por supuesto, de todo sistema social, pensamiento y costumbres. No tiene sentido mantener elementos de una época en un entorno totalmente distinto. Que un acto sea una costumbre no quiere decir que sea bueno, ético, moral o enriquecedor; si lo fuera no supondría un problema mantenerla, sino todo lo contrario.

“Los toros que van a las plazas son los que mejor viven, los que mejor se alimentan, gozan de grandes espacios”, lo que, en consecuencia, y como trato oficial firmado por toro y hombre, justifica que lo lleves a una plaza, lo sometas a un estrés innecesario, lo pinches, se desangre poco a poco y, finalmente, intentes matarlo; con un poco de suerte lo conseguirás a la primera. El toro muere y la gente aplaude. A todos los animales domésticos que dejamos que coman de nuestras manos y duerman junto al sofá, como les brindamos una vida provista de placeres, los llevaremos a una plaza y los someteremos al mismo proceso que al “respetado” toro. Según el trato, es lo justo, ¿no?

El autoengaño toma parte de una forma crucial en esta actividad tan sumamente educativa: “el toro no sufre”, “la sangre que le sale no es nada comparada con la cantidad de sangre que tiene el toro”, “la gente no va a la plaza para ver cómo matan al toro”, “al toro se le tiene un gran respeto”. ¿Razonamientos basados en qué? Sobran comentarios.

Si la gente no asiste a las corridas específicamente para ver cómo matan al toro, que simplemente lo toreen. Que el torero se ponga arrodillado frente a él (esa mítica imagen) sin que esté desangrado, ni drogado, ni desfallecido (vamos, lo que es un toro en plenas facultades) y que toree, simplemente. Y luego el toro a pastar y el torero a cobrar. Es más simple, menos doloroso y por supuesto, menos morboso. No hay sangre, no hay sufrimiento, no hay muerte. En la época de los romanos, sin esos tres elementos, las luchas entre gladiadores tampoco habrían tenido éxito.

30 de julio de 2011

ESENCIA

Las cosas son lo que son, pero no somos capaces de percibirlas como tal, nos dedicamos a dramatizar situaciones absurdas y a centrarnos en los pensamientos que nos surgen, indentificándonos hasta la saciedad. Todos los males son nuestros, el sufrimiento es la termita que nos carcome, y nos encanta alimentarla.

Estamos decicidos a que lo que nos acontece debe ocurrir tal y como nosotros lo hemos planeado, no damos lugar a dudas sobre lo que queremos ser y, definitivamente seremos, de mayores. Cuando crecemos y echamos la vista atrás nos damos cuenta de que en cada momento deseamos una cosa diferente, y casi siempre que la conseguimos, la olvidamos y buscamos un próximo objetivo que lograr; como si nuestra vida se basara en el triunfo, en obtener una medalla tras otra para acumularlas en el baúl y sacarlas sólo cuando nos sentimos indefensos. Es la necesidad de reforzar nuestro ego, nos queremos tanto, y nos gusta tanto cómo somos cuando sentimos que ganamos algo, por pequeño que sea, que no nos queremos separar de esa sensación, volviéndonos incapaces de encajar un fracaso.

Ya no me creo a las familias intachables, ni a los novios maravillosos, ni a las relaciones que parecen ser idílicas. Todo el mundo se ha dedicado a publicar en redes sociales fotografías de sus amores, de sus amistades, de sus fiestas, con todo el mundo divino y perfecto. Pero sin olvidar el previo paso por photoshop, ése es el filtro en este caso. Cambias la iluminación y borras un pequeño desperfecto, y listo. La realidad no es así, es tal cual, y la sometemos a un tamizado que nos vuelve ineficaces ante situaciones "adversas".

En lugar de aceptar las cosas tal como vienen, nos basamos en cómo nos gustaría que fueran, sin darnos cuenta de que éso sólo alimenta nuestro convencimiento de cómo deberían ser, en lugar de cortar de raíz con nuestras creencias y nacer ante la vida, de nuevo. Cada situación es distinta, y así tendríamos que reaccionar ante ellas, adaptándonos. Dejar de actuar a través de lo que pensamos, de lo que nos han inculcado, sólo funcionar, sin prejuicios.

"La obviedad a veces queda tan lejos de lo que uno quiere ver, que se vuelve ciego ante ella" Lo escribí hace mucho tiempo en una entrada, y refleja exactamente lo que ahora quiero expresar. La realidad es sólo lo que percibimos, y eso la convierte en una mera idea. Somos capaces de negar lo más evidente, y de ver claro lo más complicado, todo es cuestión de cómo catalogues la información al recibirla, y en qué carpeta de tu memoria la guardes.

7 de mayo de 2011

NECESIDAD DE TI


Te quiero, sí, te quiero. Lo digo alto y claro, para que lo recuerdes, para que yo lo asuma. No hay nada que añadir, es así, simplemente; y pensarlo ya no me atormenta. Aunque haya crecido en mí el egoísmo, porque odio compartirte.

Sólo me apeteces tú, el resto se ha convertido en un entorno desconocido, inapetente, insulso. Me he vuelto drogadicta, y nada más me satisface. Siento de nuevo cómo el amor me vuelve ineficaz, cómo el estado de enamoramiento brota en mí, otra vez; igual que al principio, cuando todo lo que rondaba mi cabeza tenía que ver contigo y tu sabor me impregnaba el gusto. Todo esto sin miedo, sin dudas; pero con menos comprensión. Porque conforme avanza el tiempo, olvido la capacidad de entender las situaciones, y sólo me centro en los sentimientos que éstas me provocan. ¿Pero cómo voy a compartirte? Los días no me bastan, las horas no me llegan, y cuando hay tiempo para disfrutarte, ¿cómo me convenzo para no hacerlo? Dime, qué debo pensar, para aceptar que los demás también quieren su parte, y realmente no me están robando nada.

No eres mío, es cierto, pero yo soy toda tuya, y una propiedad sin dueño no vale nada. Quizás no se trate de lo que me arrebatan con tu ausencia, sino de lo que dejo de ser con ella. Por eso hay algo más que egoísmo, es un paso más lejano, es necesidad de vida. Y no sé si te quiero por ti mismo, o si lo hago por ti y por lo que soy ahora, contigo. Pero el sentimiento sigue ahí, de cualquier forma, y se alimenta con cada momento.

31 de marzo de 2011

RECONCILIACIÓN


Creo que he perdido la inspiración. Todos mis intentos de volver a conectar con este teclado se quedan en pensamientos sin terminar e historias que soy incapaz de enlazar. También lo he intentado a la antigua usanza, con papel y boli, pero los resultados han sido nefastos. Creo que sólo necesito pensar, para conseguir que fluya, pero parece que en este mundo ya no encontramos tiempo para eso. Todo el día debatiendo sobre vanidades, rodeada de gente inmersa en todos los comienzos de frases que se te ocurran para llevar la contraria por defecto (si, pero...; pues no; no dicen eso; no creo...), que por cierto cada día me resulta más insufrible; dedicada a estudios que no precisan especialmente de una meditación muy profunda y perdiendo el tiempo con estupideces... desde luego no utilizo mucho el coco para estos fines. Así que luego, por las noches, no paro de darle vueltas a la cabeza: desde enumerar los países que conozco que empiecen por la letra "e" (con las correspondientes dudas geográficas que me surgen), hasta la planificación de una sublevación universitaria con el fin de reducir la práctica más de moda entre el profesorado: la egolatría. Está claro que he de comprar un flexo y dejar mi "libreta de variedades" (donde apunto todo lo que se me ocurre) en la mesa de noche, a ver si así logro una solución a mi falta de conexión con la escritura.

Me he dado cuento de que la mayoría de las veces que logro escribir algo decente, que me guste, estoy pasando por un momento de inestabilidad, con altibajos en el estado de ánimo. Supongo que la parte positiva es que estoy de mejor humor que antes, o al menos un poco más alejada de la ansiedad que sufría en ocasiones. También creo que estar en un ambiente dado a los debates sobre temas sustanciales da lugar a que tu mente trabaje un poco mejor a la hora de pensar y conseguir razonamientos que te resulten fáciles de explicar, como ese post sobre la búsqueda de la felicidad que escribí, fue fruto del recuerdo de mis clases de filosofía. Pero la insustancialidad nos rodea y nos capta, ¡y no sabes cuánto me aburre! Porque a veces me vuelvo de una simplicidad absoluta, hasta que por fin despierto y me doy cuenta, e intento poner la máquina en funcionamiento.

Espero que esta entrada sea el comienzo de una profunda reconciliación, yo pondré todo de mi parte para que sea posible.

¡Hasta pronto!