No me limpian las lágrimas ni me curan el dolor. No se me duermen los labios y no me preocupa, por suerte. Pero la mente se me ahoga en un mar gigante, que no tiene ni fin ni principio. Y el cuerpo es un acomodado del vicio, no hace más que pedir sin dar nada a cambio. No quiero no saber, y últimamente no sé ni qué no sé, y en el mar nado y nado y no llego a ningún puerto, y todos saben que odio nadar, mucho mejor flotar y dejar que a algún sitio me lleve la corriente. Pero, mientras tanto, no paro de pensar un mejor método para encontrar la costa, y sólo se me ocurren disparates. Desencadenantes que, para variar, no sé si me benefician, aunque tampoco creo que lo haga estar en medio de la nada, tumbada bocarriba sobre un mar ficticio intentando no hundirme. A veces siento cómo tiemblan ondas en mis oídos, y creo ver un pequeño barco a lo lejos, me remuevo y grito pero nadie escucha, así que supongo que no es más que fruto de mi imaginación, que me da tantas alegrías como tristezas cuando me doy cuenta de que sólo estoy pensando, que no es cierto. Y por eso en mi asquerosa y desesperante espera, cambio de formas repentinas de la risa al llanto, del sufrimiento a la felicidad en distancias tan infinitamente cortas que en muchas ocasiones se me cruzan todos los sentimientos a la vez y comienza el caos. El principio de lo difuso e incoherente.
No es posible negar lo evidente, pero la obviedad a veces queda tan lejos de lo que uno quiere ver, que se vuelve ciego ante ella. Y yo, de nuevo, no sé si me han puesto una venda o si lo que ocurre es que los axiomas juegan conmigo al escondite, pero está claro que yo siempre me la quedo y pierdo, porque todavía no he gritado un dos tres por ninguno de ellos. Aún me cuestiono, y no tiene nada que ver, por qué negamos afirmando, y por qué nadie me entiende cuando lo pregunto. Supongo que para alagar al oído, que si no se disgusta. Aunque yo odio que lo elogien porque sí. Cuando te lo regalan todo sólo con sonidos y te dibujan la mejor música que jamás escuchaste, luego tropiezas, te partes los dientes, levantas a duras penas y, aún así, quieres creer que lo que ocurre es que estás sorda. Por eso siempre mejor que vengan antes las bofetadas, para enjaular tus órganos y protegerte del posterior miedo.
Cuando no sé decir lo que quiero decir, los pensamientos se me aturullan y mezclan, y aunque desee sacar algo a relucir, cualquier resto de facilidad de palabra y muestra de diálogo coherente que pudiera yacer en alguna parte de mi cuerpo, mente o espíritu, se esfuma, se evapora. Como el agua del mar sobre el que floto. Es triste cuando comienzan a reproducirse imágenes en tu cabeza, recuerdos de personas, voces, caras, manos, de gente que estuvo en tu vida y ahora son sólo eso. Las relaciones humanas no hacen referencia al nombre. En ocasiones nos muestran las caras y las cruces, y a veces, incluso lo que ni siquiera el dueño de sí sabe sobre él. Y es increíble cómo, a pesar de los golpes, seguimos creyendo que cada ser nuevo, cada personalidad diferente nos va a dar todo lo que nos faltó, o lo que echamos de menos en algún momento de nuestra vida. Ponemos toda la carne en el asador confiando que por fin todos los fracasos serán recompensados, y que de verdad existe una relación cósmica en la que lo que perdiste un día lo recuperarás de alguna forma en otro. Joder con el optimismo…
Piensas y piensas y crees que en algún momento llegarás a una conclusión satisfactoria y merecedora de llevarla a cabo, pero después de todo el vaivén que te acompaña con la marea, sólo te has dado cuenta de la simplicidad de las cosas, y de cómo te empeñas sutilmente en complicarlas, engañándote sin enterarte. Pero así es más divertido, aunque me reitero en lo que tantas veces a mi misma me repito: no sé si…
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