Hay días que mejor no levantarse. En los que da igual con qué pie comiences. Días en los que tienes un estado por defecto, sin posibilidad de modificar su configuración. Diriges al baño tus primeros pasos, mirada perdida e inconsciente, aún te duelen los ojos. Subes la vista hacia tu reflejo y ahí te encuentras: hinchada, enfadada, ojerosa y triste. Y entonces pronuncias tus primeras palabras: “vaya mierda”.
Se te han secado los ojos. Te has cansado de pensar y de luchar. Te has resignado a escuchar lo que no te gusta y a aceptar tu destino momentáneo. Así que, ausente de tus principios, sin demasiados ánimos para gritar en tu nombre, te rindes por unas horas ante tu adversario, confiando que en algún punto, se aburra de competir sólo.
Dentro de ti, a la altura del estómago, bichos que te comen te atormentan. Han formado una pelota gigante que te absorbe poco a poco y te han convertido en prisionera de su existencia. A pesar de tu inapetencia, decides llevarte algo a la boca, deseando que el desayuno sea el remedio. Tras un par de intentos, la leche se va por el sumidero y el pan al cubo de la basura. Otra vez los bichos ganan.
Tu yo gris no está por la labor de negociar, se ha enrabietado y ha cogido una pataleta de niño malcriado que no piensa abandonar tan fácilmente. Intentas hablar con él y le preguntas qué le pasa, y a mitad de la historia te aburres y te olvidas. En realidad no te interesa conocer su versión, sólo quieres que te deje en paz y desaparezca. Total, que después de debatir contigo misma durante un buen rato, empíricamente deduces y afirmas que, tarde o temprano, mañana será otro día.
No hay comentarios:
Publicar un comentario