Los olores me invaden, me absorben. Soy incapaz de eliminar tu aroma, suave y masculino, sumisa ante él y su significado. Te tengo dentro sin que estés dentro, eres dueño de mi gusto, tu sabor no me abandona. Siento tu halo, tu brillo, tu esperanza. Está en mí y no lo quiero, o sí lo quiero, tengo miedo de ti y de mí. De que desaparezca mi vaga y fina fragancia y de que mi desdén por recuperarla, obligada por el encanto de la tuya, me suma en tu olor para siempre.
Pasó el tiempo, como debe ser, y no fui consciente. No sentí diferencias entre el día y la noche, simplemente vivía, por placer. Natural y libre, pensamientos insensatos y divertidos acompañaban instantes que parecían perfectos. Como si una nube de paz y tranquilidad hubiera absorbido mi cuerpo y hubiera eliminado el estrés y el pesimismo. El espacio fue indiferente, daba igual el lugar o el momento, las sensaciones se repetían una y otra vez como una cascada de maravillas que nunca sabría describir.
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