Martina Valentía buscaba un libro especial. Sin demasiadas particularidades. Uno que, simplemente, la hiciera despertar. Se encontraba rebuscando en una vieja biblioteca de un pueblo muerto en cultura, donde se cuidaban las carátulas sin poner acentos en la lectura.
Entre polvo y columnas de libros desechados, optó por uno simple, más bien apocado. Una historia de un gato gruñón y muchas veces amargado. Se lo trajo a casa, y ahí, en una estantería lo dejó aparcado; con poca ilusión por su contenido, con cero esperanza en su vocabulario.
Tras unos días, Martina recuperó al libro del gato, levantándole el castigo. Jamás imaginó lo que desde entonces se había desatado. Se trataba de algo más que la graciosa historia de un gatito malo: tenía en su poder un arma que convertiría en cenizas todo entendimiento humano.
Era noche cerrada, las estrellas tiritaban y los lobos aullaban a una luna enorme. Era una de esas noches en las que miras al cielo y te pierdes en el infinito del Universo, una noche de aire fresco y sonido intenso. Al tomar el libro entre sus manos éste cayó al suelo. Abriose, y sin dar lugar a una breve lectura, a una mirada, a un primer contacto, todo alrededor de Martina comenzó a cambiar. ¡BUM! Los muebles se desplazaron a base de un golpe seco y la pobrecita Martina cayó al suelo sin remedio.
Se recompuso y corrió a asomar su naricita por la ventana, pero ¡¿Qué estaba ocurriendo?! Vio entonces la Luna más clara, mas grande y poderosa que jamás se había mostrado ante sus ojos. Una luna de belleza aterradora, que parecía doblegar ante ella cada ser de la tierra que Martina habitaba.
Sintió el cambio de rumbo, velocidad, mareo y vértigo. Cuando entendió que ahora en el satélite habitaban ellos. Se cambiaron las tornas del tiempo, de la existencia, de la física más simple y del profundo conocimiento: La Tierra giraba alrededor de La Luna, ¡como lo estás oyendo!
Martina intentó poner en orden sus pensamientos, recogió como pudo una habitación sumida en un desorden mucho mayor del que ella misma podía soportar. Cerró el libro del estúpido gato y lo colocó de nuevo en la estantería cercana al sofá.
¡BUM! ¡De nuevo todo revuelto! Otra vez un frenazo en seco. Ahora, más intrigada que antes, se deslizó por la pared poco a poco, hasta que sus ojos alcanzaron divisar lo que fuera ocurría: La luna volvió de nuevo a hacerse pequeña, etérea, sumisa. Subordinada al gran peso de La Tierra.
Saltaron todas las alarmas. Las noticias lo contaban: "un fenómeno extraño" mientras la ciencia lo negaba: "¡físicamente imposible!" Mientras, la gente asustada, no sabía qué había de verdad o de estafa. Martina advirtió a sus padres: ¡Ha sido el libro, Papá, ha sido el libro! Pero ya conocen a los mayores: incrédulos, sabelotodos, enclaustrados en conocimientos empíricos demostrados por las autoridades, pero nunca comprobados por ellos mismos, simplemente aceptándolo como verdades.
Esto no podía quedar así. Martina tenía que comprobarlo personalmente. Se acercó a ese dichoso libro. De pie, lo miraba con recelo. "No me gustas y no eres de fíar". Pronunció con tono despectivo y sin pensar. Lo atrapó fuerte entre sus manos y su pecho para evitar caídas y malos entendimientos. Colocado suavemente sobre el suelo, estaría a salvo de una nueva embestida. Respiración profunda... Martina Valentía. Pero el libro una nueva jugarreta le haría. Al abrirlo comenzó otra vez el caos, una Luna poderosa resurgió, se colocó como cuerpo dominante y La Tierra fue dibujando la trayectoria que ella le iba dictando.
"¡Lo sabía! ¡Es el libro! ¡Es el libro!". Exclamó mientras la adrenalina recorría el pequeño cuerpo de Martina.
Después de todo el vaivén de estos sucesos tan extraños, a los científicos del mundo no les quedaban más teorías. ¡Inventaron mil máquinas extrañas para obtener alguna prueba fehaciente de que aquello alguna lógica tendría!
Martina intentó explicarle al mundo que nada es lo que parece, que los conocimientos no son tan exactos a veces... y que tenemos el poder de ser planeta o satélite. Que los estereotipos son roles absurdos y que seremos lo que queramos cuando nos encontremos, aceptemos y descubramos en el interior de nuestro gran libro encantado. No necesitamos nada especial que nos despierte, solamente estar abiertos a explorar el presente.
Martina Valentía fue juzgada por la sociedad, catalogada de trastornada y trasladada a una clínica experta en inyectar medicamentos. Era más sencillo negar una nueva realidad que aceptar que vivieron dormidos durante todo el tiempo.
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