Te doy un tiempo, uno que sea razonable, dos, tres semanas quizás. Más sería desproporcionado, inapropiado, incluso falto de dignindad. Tres semanas y dos días a lo sumo. Ésa es mi oferta.
Un tiempo para digerirme después de que descubras que en realidad no soy perfecta. Sí, me quejo mucho, soy a veces irritante y desinquieta, pero puede que mi desorden te llegue a parecer sexy... No, supongo que mi desorden no.
Está bien. Apúntalo, valóralo, piensa y reflexiona. Tres semanas y dos días, ni uno más. Anque a mi favor has de saber que no canto en la ducha, es algo a tener en cuenta sabiendo lo mal que lo hago.
Eso sí, no esperes que cambie si me aceptas. Quizás, a lo mejor, sólo si te veo sufrir demasiado, podré mejorar en algo. Pero sin presiones ni reprimendas. ¡Ah! Y no vale recriminarlo, si lo aceptas.
Pero si no me aceptas, si no puedes con mi inmadurez o con mi cabeza terca, te aviso y advierto de que, seguramente ninguna muñeca flaca, rubia, alta y de ojos angelicales, callada, responsable y complaciente; seguramente, nunca, nunca, nunca, podrá quererte más que yo.
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