Igual que cuando te acabas de comprar unos tenis: los cuidas, los proteges, los admiras... y un día se pone a llover intensamente y tus adorados tenis, compuestos de una tela especial, que te ha llevado mucho tiempo conseguir, que a fin de cuentas te han costado una pasta; se quedan hechos un bodrio. Y tú te lamentas y lamentas: ¡Ohh mis preciosos tenis!
Por mucho que los limpies, les des brillo, les quites el barro, les apliques mil productos para esa puñetera tela, hagas lo que hagas, al verlos lo único que percibes es una copia barata de lo que antes eran. Aunque nadie más note la diferencia, aunque en el fondo entiendas que no tiene importancia y que al fin y al cabo son unos tenis y siguen conservando su funcionalidad; en el fondo no es lo mismo. Pero es que en realidad, no son los tenis los que han cambiado, sino tu forma de mirarlos. A lo mejor tienen algún que otro desperfecto, pero siguen siendo los mismos de antes, los mismos, pero con una historia diferente.
Pues, a veces, con las personas me pasa igual que con mis tenis. Al principio eran una cosa, y luego, algunas veces se me atragantan, y ahí empiezan a parecer distintos, aunque lo único que ha cambiado es mi forma de mirarlos, porque voy acumulando el dolor de atragantarme y al final, por mucho que lo intento, sólo de pensarlo ya me duele la garganta. Y te dices a ti mismo: "¡pero qué necesidad! ¡voy a acabar con esto!". Pero es que por alguna razón sabes que coger los cuernos del toro supondrá un vapuleo que no estarás dispuesto a aguantar y no quieres ser el torero que mata al toro. Así que decides que es mejor seguir atragantado. Por eso de evitar daños colaterales.
Pero como digo, los tenis siguen siendo los de antes, y también las personas. Es mi mirada la que cambia, la que me irrita, y la que, en definitiva, se me atraganta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario