La mente juega su papel maquillador y dibuja las realidades que crees haber vivido de una manera intensa, como si el presente no fuera lo suficientemente apetecible. Juventud, inquietudes, ingenuidad y nuevas oportunidades. Eso veo en mis fotos, y una ligera sensación de que a veces desaprovecho el momento, de que no soy lo suficientemente valiente para dar los pasos firmes mientras veo la vida pasar. Y así, la mente, continuando con su función, difumina y absorbe tu experiencia.
Añoranza. Echo de menos la amistad tal y como la conocía entonces. Desinteresada y absoluta, sin preocupaciones, con la seguridad de saber quién eres tú y qué son ellos para ti. Más idealización. Ahora ya sólo queda algún ¿qué tal? de vez en cuando y la poca confianza que logro depositar en los demás, pendiente de cómo reaccionarán ante mis "extraños" pensamientos, partiendo de la base de que no me comprenden. ¿Y de qué me sirve? ¿Qué busco en las actitudes ajenas? ¿Qué espero y por qué? Resumiendo: el cambio del mundo. Dejando espacio a mi ego no paro de analizarlo todo, queriendo controlar lo que no puedo. Debo darme cuenta de mis intenciones más allá de mi propio argumento, que sólo viajan en contra de mí misma y de mis relaciones con el resto.
Si dejo para mañana lo que puedo hacer hoy, quizás no exista mañana. El conocimiento empírico nos enclaustra y nos hace ser perezosos y cobardes, además de quitarle todo valor al momento. No existe la certeza. No hay conocimiento verídico que te confirme que mañana seguirás vivo, ni siquiera que mañana saldrá el sol. Dan igual las estadísticas, los estudios científicos o las generalidades, pero aún así nos agarramos a ellas de tal manera que nos volvemos estúpidos e ineficaces. Sobre todo estúpidos. Porque incluso cuando lo que acontece nos coloca ante esta realidad evidente, poniéndonos ante situaciones que nos llevan al estado último, sólo somos capaces de valorarlo por un tiempo. Tras un suceso impactante sólo por un período valoramos este momento, éste en el que escribo ahora mismo. Luego volvemos otra vez a pensar que tenemos toda la vida por delante. Pues no somos eternos.
Sentir cada experiencia como nueva, dejar de recordar. Dejar de recordar cómo es la nieve, su textura y su color, verla cada día que se ofrece como algo extraordinario, porque verdaderamente lo es. A fin de cuentas, dejar de vivir en el recuerdo, sin querer dejar el presente para mañana. Porque quizás mañana vuelva a nevar, o quizás nunca más lo haga. O a lo mejor aunque nieve intensamente tú no estés en disposición de poder admirarlo.
Simplemente, sólo hoy existe. Sólo ahora. Sólo este instante. Lo demás, en tu imaginación.
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