Empaquetados en el drama del éxito social, nos alentamos. Nos convencemos de que vamos a aprender a amar, a confiar, a disfrutar de todo aquello que antes olvidamos. No es pesimismo si te digo que todo ese ruido no es más que una historia mental. Efímero. Volátil. En el más mínimo despiste volveremos a abrirle la puerta a la inconsciencia, a lo superfluo, a lo banal.
Creemos haber aprendido algo de nosotros mismos, de nuestro individuo, del conjunto social. Creemos que vamos a reparar nuestra podredumbre.
Pero, ¿en qué estamos pensando? Si no en volver a nuestro sistema capital. A nuestras excusas del falso bienestar. A nuestras mentiras sobre la necesidad.
No vamos a flexibilizar nuestras vidas. No vamos a recomponer nuestra estructura. Más bien, quizás caigamos en el error del refuerzo, por la falsa creencia de una mejor realidad.
¿Y si tomamos un momento para mirar? Para tomar distancia, y ver, desde lo alto del Universo, QUIENES somos. QUÉ somos. Y por qué hemos renunciado, todo este tiempo, a reconocernos como vida casual, que no causal.
¿Y si tomamos, un instante, para desempaquetarnos? Para quitarnos el plástico que nos protege de vivir. Que nos aísla del viento, del agua, del frescor de la mañana, del calor del medio día.
¿Y si mudamos ya esta piel envejecida por nuestros juicios, y volvemos a resplandecer por nosotros mismos, aceptamos nuestro brillo y abrazamos cada amanecer?
¿Y si florecemos? como el mundo, al pararnos. ¿Y si volvemos a nuestra esencia, y nos ofrecemos, a la vida?
No hay comentarios:
Publicar un comentario