26 de octubre de 2012

¿DE QUÉ HABLAMOS?


Me resulta extraña esta sensación, cuando siento la necesidad de escribir pero las palabras no son capaces de fluir en mi cerebro y no me surje un tema concreto a desarrollar. A veces me pregunto para qué narices publico todas estas reflexiones o sentimientos que tengo, si en realidad escribo para mí misma, pero por otra parte sé que mis lectores los puedo contar con los dedos de una mano, lo que, en cierto modo, no me produce gran satisfacción. Supongo que nos consideramos lo suficientemente importantes como para que siempre haya alguien dispuesto a leer sobre lo que piensas, menuda estupidez.

Sin embargo, ¿cómo no voy a escribir? si me resulta más fácil que hablar. Si a la hora de ordenar mis pensamientos todo se va colocando en su sitio de manera natural y sencilla, porque nunca tratas de convencer a nadie, no pueden rebatirte ni tampoco interrumpir tus ideas. Y eso favorece a que los pensamientos vayan tomando forma e incluso transformándose mientras escribes. No digo que no me guste discutir, ¡me encanta! pero normalmente lo que conseguimos con eso es realizar valoraciones y juicios sobre los pensamientos ajenos, hay que estar muy atento para que eso no suceda.

Además, últimamente las conversaciones no son existenciales, sino políticas; y aunque en realidad sé que cada uno no es capaz de elegir sobre eso, porque existen un sin fin de condicionantes a la hora de declinarse hacia uno u otro lado, no puedo evitar sentir que el otro se equivoca cuando nuestras posiciones son absolutamente lejanas; supongo que es algo que forma parte de nuestro ego. Y, aunque no lo parezca, cuando estoy en un encendido debate sobre el tema, ya me aburre. Me canso de contar todas las veces las mismas cosas y de exponer los mismos argumentos. El que no sepa lo que está ocurriendo es porque no quiere. Que pongan el telediario, el periódico, la radio o cualquier cosa que les ayude a saber en qué mundo están viviendo, porque la mayoría de la gente con la que se discute sobre política no es que sepa qué está ocurriendo, qué ha hecho un partido u otro, qué les parece bien o mal, sino que no sé debido a qué, hace muchos años que tienen una idea en la cabeza, y da igual lo que ocurra que ahí se mantiene. Viva la capacidad crítica.

Entonces, así estamos. Supongo que es un tema recurrido porque a veces me cuesta un poco que me resulten interesantes las conversaciones que comunmente tiene la gente. Hace tiempo que me dejó de gustar hablar de ropa (aunque no sé si algún día me gustó) y con los cotilleos me pierdo porque a la mitad de los protagonistas no los conozco. Siempre está bien encontrar a alguien que sea capaz de hablarte de su vida sin que resulte pedante, pero pocas veces ocurre. También es difícil que todo el mundo comprenda mi humor incisivo, aunque trato de aclarar que sólo es eso: humor.

Aquí en Bolonia, por lo general la gente resulta agradable y transmiten buena sensación, supongo que también el hecho de hacer un esfuerzo por entenderse implica que tengas que prestar más atención no sólo a las palabras del otro, sino a todos sus gestos. Quizás eso de alguna forma favorezca la relación, porque no puedes empezar a oír palabras unas detrás de otras sin prestarles atención, como me pasa en múltiples ocasiones con el único idioma que conozco realmente bien.

A ver qué nos encontramos esta noche de viernes, 

¡Saludos a mis pocos lectores! ;)

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